jueves, 10 de enero de 2013

El tesoro de la casa abandonada

El tesoro de la casa abandonada.


Hacía unos meses que la casa estaba abandonada, su dueño, un viejito llamado Don Eduardo, se encontraba internado tras caer enfermo.
Tres chicos del barrio, Carlos, Felipe y Santiaguito, decidieron encontrar el tesoro.
Carlos, había escuchado conversar a su abuelo con Don Eduardo, este último le contaba sobre un tesoro que tenía escondido en un baúl debajo de la cama.
-De qué me sirve todo eso- había dicho Don Eduardo.
-Puede viajar, disfrutar de su tesoro- le había respondido el abuelo de Carlos.
-¿A mi edad?- le respondió Don Eduardo.
Sabían que de existir ese tesoro l, e pertenecía al viejito, ellos no pensaban quitárselo, tan solo mirarlo, poder tocar un tesoro.
Hicieron un juramento por escrito, con muy mala letra y con algunas faltas ortográficas, se leía lo siguiente:
Los tres amigos nos comprometemos no decir a ninguna persona sobre lo que sabemos y prometemos no apoderarnos de él. Entrar encontrar el XX (no quisieron poner que era un tesoro) y salir, firma: Carlos, Felipe y Santiaguito.
Se vistieron de acuerdo a la ocasión, como en la película “Misión Imposible” con ropa de color negro.
Felipe se puso un gorro con el escudo de Peñarol. Santiaguito protestó ya que él era de Nacional por lo tanto se puso un gorro con los colores de su equipo. El único de gorro totalmente negro era el de Carlos, aunque su jogging tenía unas guardas de color verde fosforescente.
Luego de discutir sobre la ropa decidieron ir vestidos con la ropa que tenían sin preocuparse que fuera igual a la de Tom Cruise en “Misión Imposible”. Llevaban sogas, palos, destornilladores, linternas, etc.
Saltaron la cerca de Don Eduardo, cruzaron el patio y se introdujeron  en la casa por una banderola del sótano.
La oscuridad era total, Santiago perdió la linterna, las figuras fantasmales les aterrorizaron. Desde las paredes, los cuadros  antiguos parecían mirarles.
Subieron la escalera que hacía ruido a cada paso. Abrieron la puerta, cruzaron la cocina, subieron otra escalera… allí estaba el cuarto de Don Eduardo. Llenos de miedo se dirigieron a un baúl que estaba debajo de la cama. ¡Ahí estaba el tesoro! El candado tenía la llave puesta. La sorpresa fue grande cuando le abrieron.
Las joyas y coronas de oro que se habían imaginado no estaban. Allí había unas cincuenta agendas y diarios íntimos, cartas perfumadas, algún libro de poemas y dos o tres flores secas.
-Ese es el tesoro, sus recuerdos- dijo Carlos.
Si bien habían prometido no llevarse nada, al mirar algunas páginas de sus agendas y leer algunas cartas, sin querer estaban llevándose algo del tesoro.
Amores olvidados, consejos de su madre, alguna noticia, el nacimiento de un sobrino, la muerte de un familiar, la vida de Don Eduardo.
Dejaron todo como estaba y cerraron el baúl. Se marcharon sin decir palabra alguna, (se les hubiese entrecortado la voz), estaban emocionados.
Al pasar los días se enteraron que Don Eduardo no se recuperaba, estaba muy mal, extrañaba su casa. Los tres amigos entendieron lo que le faltaba a Don Eduardo. Realizaron la misión nuevamente y aparecieron en la casa de salud con el baúl y los recuerdos de Don Eduardo.
Tímidamente y pidiendo disculpas le contaron sobre las dos misiones a la casa, el compromiso firmado de no llevarse nada y de que entendían de que con el tesoro Don Eduardo podía recuperarse.
Don Eduardo muy emocionado acarició las cabecitas de los tres amigos, se sentó a su lado y e mostró su tesoro. Estaba adentro de la agenda correspondiente a 1918, era una libreta de ahorro que su madre le regaló cuando comenzó a trabajar. Había ahorrado una pequeña fortuna, Don Eduardo emocionado, les dijo a los tres amigos:
-Cuando hablaba con el abuelo de Carlos, me refería a mis ahorros, ese era mi tesoro, pero ahora entiendo que sin querer había guardado un tesoro más valioso…
Acariciando las agendas y cartas guardadas dijo- Son mis recuerdos… mi vida, los momentos que pasé… valió la pena haber vivido tan buena vida.-
Tomó en sus manos una carta con olor a jazmín, cerró los ojos y disfrutó ese momento. Pasaron los días, Don  Eduardo volvió a su casa con su pequeña fortuna arregló su jardín, compró juegos para niños y prestó su inmenso patio al jardín de infantes del barrio. Todas las tardecitas recibía la visita de los tres amigos y no se cansaba de decir:
-De esto se trata la vida, de pasar buenos momentos.

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