viernes, 1 de junio de 2012

ESTRÉS: Causas, síntomas y consecuencias.

Sólo reconociendo el estrés, sus causas, síntomas y consecuencias, podemos eliminarlo y evitar el daño que nos causa.

Podemos estar estresados y no darnos cuenta.
Podemos sentirnos mal físicamente y no saber que esas molestias estás provocada por el estrés.

Sólo reconociendo el estrés, sus causas, sus síntomas y consecuencias, podemos eliminarlo.
Cada uno de nosotros siente y expresa el estrés de manera distinta.
Por eso es importante observar que síntomas tienes y cómo te están afectando.

Uno de los principales problemas es que con frecuencia ni siquiera nos damos cuenta de nuestro nivel de estrés.

¿Por qué?

1.     Nos acostumbramos a la vida que llevamos y ya no le prestamos atención a lo que sentimos.
2.     Le quitamos importancia, porque creemos que no podemos hacer nada para cambiar lo que está pasando
En relación al primer punto, quiero contarte un experimento que se hizo en un laboratorio:

Un grupo de investigadores puso a hervir una olla con agua. Cuando el agua empezó a hervir metieron a una rana.
Ésta, al contacto con el agua hirviendo, saltó hacia fuera inmediatamente.
Así salvó su vida.

Más adelante, colocaron a la rana dentro de la misma olla, pero con agua fría. Pusieron la olla en la lumbre, con una flama muy pequeña.
El agua se calentó e hirvió lentamente.
La rana no se dio cuenta del cambio de temperatura y murió.


Cuando el estrés forma parte de nuestra vida diaria, nos acostumbramos a él.
No nos damos cuenta de cómo influye en nuestra salud y en nuestra vida en general, hasta que nos enfermamos o los problemas nos rebasan.

¿Te das cuenta cuando esto te sucede a ti?

Cada quién manifiesta el estrés de distinta manera y con diferente intensidad. Depende de las características personales, por lo que a veces no reconocemos los síntomas del estrés.
El estrés y sus manifestaciones.


Revisa los síntomas que aparecen en la siguiente lista.

¿Sientes uno o varios, con frecuencia o con mucha intensidad?
  • Opresión en el pecho.
  • Hormigueo o mariposas en el estómago.
  • Sudor en las palmas de las manos.
  • Palpitaciones.
  • Dificultad para tragar o para respirar.
  • Sequedad en la boca.
  • Temblor corporal.
  • Manos y pies fríos.
  • Tensión muscular.
  • Falta o aumento de apetito,
  • Diarrea o estreñimiento.
  • Fatiga.
  • Etc.
Estos son, sólo, algunos de los síntomas del estrés.
Algunos medicamentos o enfermedades pueden provocarlos


¿Crees que algunas de las siguientes características forman parte de tu vida en estos momentos?

Analiza cada una de ellas:

  • Inquietud, nerviosismo, ansiedad, temor o angustia.
  • Deseos de llorar y/o un nudo en la garganta.
  • Irritabilidad, enojo o furia constante o descontrolada.
  • Deseos de gritar, golpear o insultar.
  • Miedo o pánico, que si llega a ser muy intenso puede llevar a sentirnos "paralizados".
  • Preocupación excesiva, que se puede incluso manifestar como la sensación de no poder controlar nuestro pensamiento.
  • Pensamiento catastrófico.
  • La necesidad de que "algo" suceda, para que se acabe la "espera".
  • La sensación de que la situación nos supera.
  • Dificultad para tomar decisiones.
  • Dificultad para concentrarse.
  • Disminución de la memoria.
  • Lentitud de pensamiento.
  • Cambios de humor constantes.
  • Depresión.
  • Etc.

Recuerda que el estrés tiene solución. Pero necesitamos saber cómo se inicia y cómo se manifiesta, para poder resolverlo.


Cuando estamos ansiosos o tensos nuestra conducta se altera, a veces sin que nos demos cuanta de ello.

¿Has notado o te han comentado que presentas algunas de estas conductas?

  • Moverse constantemente.
  • Risa nerviosa.
  • Rechinar los dientes.
  • Tics nerviosos.
  • Problemas sexuales.
  • Comer en exceso o dejar de hacerlo.
  • Beber o fumar con mayor frecuencia.
  • Dormir en exceso o sufrir de insomnio.
  • Etc.
Cuando nos damos cuenta de nuestro nivel de estrés, éste se incrementa.

Nos sentimos mal.

Tendemos a negarlo o a pensar que cualquiera estaría igual y es cierto.
Cualquier persona que esté estresado constantemente, presenta algunos de estos síntomas.

Pero sólo si reconocemos el problema y vemos como nos está facetando, podemos solucionarlo.



Algunas de las consecuencias del estrés son:

  • Ansiedad.
  • Cansancio, agotamiento o pérdida de energía.
  • Dolor en la espalda.
  • Estreñimiento o diarrea.
  • Depresión.
  • Dolores de cabeza.
  • Presión sanguínea alta.
  • Insomnio.
  • Sensación de "falta de aire".
  • Caída del cabello.
  • Tensión en el cuello.
  • Malestar estomacal.
  • Subir o bajar de peso.
  • Cambios de humor.
  • Presión de dientes o mandíbula.
  • Tomar más alcohol, tranquilizantes o otras drogas.
  • Fumar más.
  • Disminución de la autoestima.
  • Problemas en sus relaciones con los demás o en el trabajo
  • Problemas en diferentes áreas de la vida.
  • Dificultad para tomar decisiones.
  • Cambios en el estilo de vida, sin razón aparente.
  • Propensión a tener accidentes.
  • Etc.
Gripa, gastritis, colitis y úlceras, migraña, contracturas musculares, artritis, alergias, asma, diabetes mellitus, infartos, cáncer, etc., son algunas de las enfermedades que pueden estar relacionadas con el estrés.

Determina si estás estresado y cuál es tu nivel de estrés, de acuerdo a la intensidad y frecuencia de los síntomas y consecuencias antes mencionados.

No es lo mismo si te duele la cabeza o tienes problemas estomacales de vez en cuando, que si los tienes varias veces a la semana.
Es diferente si tienes un problema que te impide dormir un par de noches, que si sufres de insomnio.

Darnos cuenta de lo que nos sucede, puede angustiarnos, pero es la única puerta que nos permite salir de la oscuridad.

Recuerda las palabras de Séneca: "Cuando no sabemos a qué puerto nos dirigimos, todos los vientos son desfavorables". Por eso, para saber qué camino debemos
tomar, necesitamos primero saber en donde estamos y hacia donde queremos ir.

Imprime la lista de síntomas y manifestaciones y marca cuales están presentes en tu vida en estos momentos.
Subraya las más importantes, por su frecuencia o por su intensidad
.¿Son varios los síntomas provocados por el estrés?
¿Son frecuentes?
¿Intensos?

Si es así, ha llegado el momento de hacer algo al respecto.

Consulta con tu médico y elimina los que él considera que son resultado de una enfermedad o de algún medicamento que estás tomando.

Si tus problemas tienen solución, encuéntrala.
Si no la tienen o no depende de ti, fortalece tu organismo
con la
alimentación, relajación y ejercicios adecuados, para enfrentarlos y adquiere una nueva actitud ante ellos.

Revisa tu forma de
pensar sobre tus problemas y dificultades.

Quizás ha llegado el momento de modificar algunas
creencias o pensamientos que aumentan tu malestar.
Analiza las
causas del estrés y determina cuales son las que lo iniciaron o lo están manteniendo.
Recuerda que el estrés que se inicia en un área de tu vida puede afectar las demás.
Pero hay que "atacar" la que inició la situación que estás viviendo.
Además, no olvides que cada situación requiere una
solución diferente

domingo, 8 de abril de 2012

Aprender a comunicarse.

Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño. "¡Qué desgracia, Mi Señor! Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad", dijo el sabio. "¡Qué insolencia! ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí! ¡Que le den cien latigazos!", gritó el Sultán enfurecido. Más tarde ordenó que le trajesen a otro sabio y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo: "¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes". Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: "¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer sabio. No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro. El segundo sabio respondió: "Amigo mío, todo depende de la forma en que se dice. Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura ciertamente será aceptada con agrado.

domingo, 25 de marzo de 2012

Cascada del arroyo Vera- Salto- Marzo de 2.012.




Sembrador de abecedario. Victor Lima

SEMBRADOR DE ABECEDARIO.

PARA COLMARME LA VIDA
PARA LLENARME DE LUZ
IMITANDO A MI BANDERA
ME VOY A LA ESCUELA
DE BLANCO Y AZUL.

SIEMPRE ME DICE EL MAESTRO
CON DULCE DEJO DE AMOR:
EL FUNDADOR DE TU ESCUELA
SE LLAMA VARELA
QUIERE, QUIERELO.

SEMBRADOR DE ABECEDARIO
LIDER DEL VERBO ORIENTAL
DON JOSÉ PEDRO VARELA
PASTOR DE LA ESCUELA
JAMÁS MORIRÁ…

GRACIAS SEÑOR DON VARELA
GRACIAS SEÑOR DON JOSÉ,
DON PEDRO FIEL DE LOS NIÑOS
QUE CANTAN LA LETRA
QUE LES DIO SU FE…

CUANDO ME VOY A LA ESCUELA
DON JOSÉ PEDRO QUÉ BIEN!
SI VIERA USTED QUE CONTENTO
ME VUELA POR DENTRO
PENSANDO EN USTED…!

SEMBRADOR DE ABECEDARIO
LIDER DEL VERBO ORIENTAL
DON JOSÉ PEDRO VARELA
PASTOR DE LA ESCUELA
JAMÁS MORIRÁ.
                                                       VICTOR LIMA

Maestra. (Juan de Barro- Artiguense)

Maestra…

Temple de heroísmo
de tiempo y camino,
de campo y de cielo,
de aire y aroma en flor…

Eres sabiduría,
Ternura y encanto.
Ejemplo en tu palabra,
constancia en tu lucha.
Invencible y tenaz
En tu admirable misión
De constructora de VIDA,
de SUEÑOS y ESPERANZAS.
La HUMANIDAD perfila tu GRANDEZA
Y enriquece la DIGNIDAD de tu ALMA…

MAESTRA vives en la VIDA
Tu propia y merecida eternidad
En el corazón de tus educandos.
Salve tu existencia
Tan brillante como el sol…

JUAN de BARRO
Artiguense
(22- IX- 1.995)

Comedia de Los Sordos

LOS SORDOS
Ejercicio Cómico Anónimo

PERSONAJES
El Pasajero
El Chacarero
La Patrona
La Sordita

EL PASAJERO:(APARECIENDO A ESPALDAS DEL CHACARERO) ¡Eh, buen hombre!... ¡Buen hombre! (COMO EL CHACARERO NO LE ATIENDE) ¡Ni que fuera sordo como yo! (LE TOCA UN HOMBRO) ¡Oiga!

EL CHACARERO:¡Hola! ¿Qué tal? ¿Qué desea?

EL PASAJERO: Usted, que ha de conocer estos pagos...

EL CHACARERO: Sí, señor, Rudecindo Lagos, para servirle.

EL PASAJERO: Hágame el favor de hablar más alto, porque soy bastante sordo.

EL CHACARERO: ¡Si no grita más no podré entenderle porque soy un poco torpe de oído!

EL PASAJERO: ¿Podría indicarme dónde queda la estancia "Los Leones"?

EL CHACARERO: ¡Claro que tienen fragancia mis melones! Es que son muy buenos; le haré traer  algunos para que los pruebe.

EL PASAJERO: ¿Nueve? ¿Nueve qué? ¿Nueve leguas? ¿Tanto? ¡No puede ser!

EL CHACARERO:(POR LA PATRONA QUE APARECE EN ESTE MOMENTO EN LA PUERTA DEL RANCHO) Sí, ésa es mi mujer. (A LA PATRONA). Oye, tráele a este hombre una docena de melones, para que elija algunos.

LA PATRONA: ¡Ahá, muy bien! ¿Así que este caballero quiere tener relaciones con nuestra hija? Tanto gusto, señor. En seguida se la presentaremos. (GRITANDO HACIA EL INTERIOR DE LA CASA). ¡Mariquita!... ¡Mariquita!... Esa chica es más sorda que yo, todavía... Un momentito, siéntese... (SE INTRODUCE EN LA CASA).

EL PASAJERO: ¿De modo que usted dice que la estancia "Los Leones" queda a nueve leguas de aquí?

EL CHACARERO: Sí, señor; se lo he dicho y se lo repito. La fragancia de mis melones es exquisita...
(APARECE LA PATRONA CON LA SORDITA)

LA PATRONA: No grites, hombre; aquí está Mariquita. (A SU HIJA) Bueno, hija, aquí tienes a tu pretendiente...

LA SORDITA: ¡Ay, mama! ¿Cuántas veces quiere que le diga que no me duelen los dientes ni nada?

LA PATRONA: ¿Que no tiene nada? ¿Y tú qué sabes? A lo mejor resulta que es rentista.

LA SORDITA: ¡Mamá, por favor! ¿Para qué quiero un dentista si yo no tengo enferma la boca?

LA PATRONA: Ya sabes que tu madre pocas veces se equivoca: ha de ser rentista nomás.

EL CHACARERO: ¿Y los melones, mujer?

LA PATRONA: Es lo que yo le digo, ¿por qué te pones así, hija?

EL CHACARERO: Pero, si no le traes ninguno, ¿cómo quieres que elija?
LA PATRONA: Es que tú ya sabes cómo es esta niña; ella quiere salir siempre con la suya. (AL PASAJERO). Esta es mi hija, se llama Mariquita.

EL PASAJERO: ¿Cómo cerquita, si su esposo me ha dicho que faltan nueve leguas?

LA PATRONA:(AL CHACARERO) ¿Qué dice este hombre de las yeguas?

EL PASAJERO: Sí, y como ya quedan pocas horas de luz.

LA SORDITA: No, todavía no soy señora.

EL PASAJERO: No sé ni siquiera si es bueno el camino.

LA SORDITA: ¡Ah, yo no pretendo que usted sea adivino; me he limitado a hacerle saber que a la fecha sigo soltera!...

EL PASAJERO: ¡Ah!, ya entiendo: ¿llegando a la tranquera, sigo hacia la derecha? ¿Y de ahí, a "Los Leones"?

EL CHACARERO: ¡Ah, como buenos, le aseguro que son buenos! Y puedo mandarle todos los que quiera...

EL PASAJERO: Sí, ya me dijo la señorita: de la tranquera a la derecha.

LA PATRONA: Yo no digo que usted no la quiera a la chica, pero convendría que fijara fecha...

EL PASAJERO:(DESAPARECIENDO) Hasta otra vez, y perdonen la molestia.

LA PATRONA: ¡Oiga, oiga! ¡Más bestia será usted, atrevido!

EL CHACARERO: ¿Qué? ¡Tiene razón!, ¿o iba a esperar hasta mañana a que le trajeras los melones?

LA PATRONA: No y no. Jamás consentiré que nuestra hija tenga relaciones con semejante gente.

LA SORDITA: Déjelo que se vaya; total aquí a nadie le duelen los dientes...

EL CHACARERO: No es que te lo reproche, pero hubiera comprado tres o cuatro...

LA SORDITA: ¡Ay, qué bueno eres, papá! ¿Oyes, mamá? Dice que esta noche nos llevará al teatro a ver las comedias.

LA PATRONA: ¡Cierto!, ya me había olvidado de que tenía que zurcirle las medias. ¿Sabes dónde he dejado la lana azul?

LA SORDITA: ¡No me digas! ¿La comedia de Barba Azul? ¡Qué bonito título! ¡Ay, qué contenta estoy madre mía!

LA PATRONA: Es lo que le digo siempre a tu padre; ¡que Dios nos conserve esta armonía!, porque el día que no nos entendamos, esta casa será un infierno...

TELON

miércoles, 27 de abril de 2011

Funes el memorioso.

Jorge Luis Borges
(1899–1986)

Funes El Memorioso
(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)



Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:
El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando..
Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas... Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.